¿Y quién cuida a las cuidadoras?

Por Samantha Ortega

De manera histórica, las mujeres hemos sido las responsables implícitas del cuidado en casi cualquier relación. Cuidamos a los padres, parejas, a los hijos, a los hermanos menores —y también a los mayores cuando son hombres— y, en muchos casos, terminamos siendo cuidadoras incluso en el ámbito laboral: de jefes, de equipos, de dinámicas que no nos corresponden.

Estos cuidados, tan delicados como demandantes, no han sido reconocidos de manera formal ni suficiente. Al contrario: se han naturalizado. Se espera que las mujeres cuiden porque “así son”, porque “siempre lo han hecho”, porque parece que nacimos con una habilidad innata para sostener la vida de otros, aún cuando eso implique una enorme carga emocional, física y económica.

En Veracruz, según el último censo del INEGI, 468 mil 990 personas viven con alguna discapacidad. Detrás de esa cifra hay miles de mujeres que no solo ejercen la maternidad, sino que también asumen tareas de cuidado permanente, muchas veces sin apoyo institucional ni acompañamiento profesional.

A nivel nacional, los datos del Consejo Nacional de Población revelan que del 68 por ciento de mujeres que ejercen la maternidad, el 7.3 por ciento son madres solteras y el 15.3 están separadas o divorciadas. Esto significa que cerca de seis millones de mujeres maternan, trabajan, gestionan un hogar y cuidan, casi siempre en soledad.

Y no podemos dejar fuera a las cuidadoras abuelas.

La Encuesta Nacional de Empleo y Seguridad Social del INEGI indica que el 55 por ciento de las infancias en México está bajo el cuidado de las abuelas. La Encuesta Nacional del Sistema de Cuidados (ENASIC 2022) lo confirma: el 75.1 por ciento de las mujeres brinda cuidados dentro del hogar, frente a solo el 24.9 por ciento de los hombres.

La pregunta es inevitable:
¿alguno de estos cuidados está siendo realmente reconocido?

En la mayoría de las familias, el rol de cuidadora se asume como algo natural, casi biológico. Como si cuidar no fuera un trabajo, como si no implicara responsabilidad, desgaste, renuncias. Y aun así, la mayoría de las mujeres lo hace con amor, dedicación y compromiso. No porque sea fácil, sino porque no hacerlo parece no ser una opción.

Recuerdo observar a una mujer cuidando a un bebé en el Parque México, en la colonia Condesa. Caminaba despacio, le cantaba, lo arrullaba. El niño, rubio y de rizos claros, se veía tranquilo, feliz. Ella también. Nadie le exigía cantar, pero lo hacía desde un aprendizaje heredado: de su madre, de su abuela, de todas las mujeres que cuidaron antes que ella.

Lo mismo sucede con las mujeres que sostienen las fonditas, las cocinas caseras, los espacios donde nos alimentamos. Primero cuidaron a los suyos; después abrieron su mesa para cuidar a otros.

Por eso, además del reconocimiento emocional, el reconocimiento económico es indispensable. Programas como la Pensión Mujeres Bienestar, impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum, parten de una premisa correcta: las mujeres cuidadoras son un pilar social. Apoyar económicamente a mujeres de entre 60 y 64 años es un paso hacia su autonomía y seguridad.

Pero no es suficiente.

Necesitamos más políticas públicas que sostengan a las familias, programas de salud mental para cuidadoras, capacitación para el cuidado de infancias y personas con discapacidad, y límites claros en el ámbito laboral. No por ser mujeres limpiamos mejor, organizamos mejor, cuidamos mejor ni debemos hacernos cargo de lo que no nos corresponde.

La ley lo dice, sí.
Pero hay que reforzarla.
Revisarla.
Aplicarla.

Porque cuidar no debería doler tanto.
Y porque alguien también tiene que cuidar a las cuidadoras.

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