Kevin, el niño que se fue con la tristeza: Luis Gerardo Martínez García

Por las tardes, frente a la calle de su casa, Kevin jugaba fútbol con los niños de su misma edad.

Solo que a las seis con 20 minutos de la tarde dejaba de hacerlo porque a lo lejos veía venir a su padre; corría y se abalanzaba a toda velocidad a sus brazos, y no lo soltaba hasta llegar juntos a su casa.

“No cambio a mi papá por nada del mundo”, decía él; Alejandro era un padre joven. Kevin tenía dos hermanas mayores, por cierto gemelas, quienes convivían siempre con Sofía, su mamá. Los tres hermanos iban juntos a la escuela primaria.

Alejandro, su padre, tenía un trabajo estable en una fábrica de tubos. Amiguero, responsable y respetuoso. Don Pedro, el abuelo, siempre orgulloso de sus nueve hijas e hijos, era el jerarca junto con su señora esposa; originario de Puebla, éste se avecindó en Veracruz y se quedó acá el resto de sus días.

Kevin se distinguía por su alto promedio en la escuela, por jugar fútbol de forma magistral: en el pueblo la fama de buen goleador lo ubicaba en un lugar privilegiado.

Kevin, acostumbraba visitar a sus vecinos y convivir por las tardes. Ese sábado, no era la excepción: jugaba felizmente con Javier, su amigo de siempre. Veían un rato la tele y salían a patear el balón al patio; y así constantemente, como si fuera un ritual. Ya casi eran las siete de la noche cuando uno de sus amiguitos le llevó una noticia: se acaban de llevar a tu papá unos señores encapuchados; él, sin pensarlo corrió desesperadamente hasta su casa, pero ya no lo alcanzó. Corrió eufórico hasta la carretera nacional pero fue imposible, ni rastro de Alejandro.

Esa noche fue la peor para Kevin, no durmió haciéndose muchas preguntas: ¿Dónde estará mi papa?, ¿a qué hora regresará?, ¿quién y por qué se lo llevaron?, ¿estará bien?, ¿a dónde lo busco?

Al siguiente día, domingo para ir a misa, fue con su mamá, sus hermanas y sus abuelitos. Eran las diez de la mañana, día soleado. Kevin desvelado y sin desayunar, porque no tenía hambre, se sentía bloqueado, sin escuchar la misa, solo pensaba en que de un momento a otro aparecería su papá.

La noticia de que su papá había sido levantado por un grupo de personas que iban en una camioneta Suburban de color negro, todos la sabía, menos la abuelita, doña Nazaria, a quien solo le dijeron que Alejandro había salido a trabajar a otro pueblo, esto porque era una señora de edad muy avanzada y no querían preocuparla.

Así pasaron los días. Para el día lunes, no quiso ir a la escuela porque estaba seguro que ese día regresaría su papá y no quería perderse el momento y la alegría de correr nuevamente a sus brazos; llegó la tarde y él seguía esperando. Ya casi a las nueve de la noche salió a la calle empedrada, se paró a un costado del poste de luz eléctrica que alumbraba tenuemente la figura del niño; ahí estuvo dos horas volteando para todos lados esperando que el papá apareciera de un momento a otro, hasta que su mamá lo obligó a entrar a la casa: no quiso cenar porque no tenía hambre y se fue directamente a su cuarto.

“Mamá, ¿te ha llamado papá? Aún no, hijo.” Era la pregunta diaria de Kevin y la respuesta de su mamá.

Pasaron los días y no desayunaba, ni comía, ni cenaba. La mamá lloraba encerrada con las gemelas por no saber nada de Alejandro, pero también por la actitud de Kevin. Tampoco iba a la escuela, ni a la iglesia, ni a la calle; encerrado en su cuarto esperaba la llegada de su papá.

Ya más preocupada por su hijo que por el esposo, la mamá acudió al maestro de la escuela, a un psicólogo, a un médico, al sacerdote, al vecino y hasta a un nutriólogo: Kevin ya no hablaba con nadie, bajaba de peso impresionantemente (ocasionalmente tomaba agua), no veía la tele, no entablaba charla con sus hermanas, no recibía a ningún amigo.

Pasaron dos meses y encerraba sus pensamientos, sus sentimientos, y con nadie los compartía; sólo preguntaba: “Mamá, ¿te ha llamado papá? Aún no, hijo.”

Kevin quedó postrado en su cama, esperando a Alejandro, su papá; su corazón dejó de palpitar por tristeza, aunque con un rostro alegre, como si se hubiera reencontrado con su papá en algún lado y en algún momento.

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